Jesús sustituye, pues, a todos los
sacrificios que podamos ofrecer a Dios. No hay nada más
excelente. Sin embargo este mismo sacrificio lo vamos
considerar bajo otro punto de vista: Jesús es alimento. Un
alimento necesario, esencial para nosotros.
En cierta
ocasión, cerca de Pascua, la fiesta de los judíos, Jesús
tuvo compasión de toda la gente que le había seguido para
oír su palabra. Nadie había comido y entonces Jesús quiso
mostrar su amor hacia ellos. Supo por sus apóstoles que un
muchacho llevaba cinco panes y dos pescados. Lo mandó llamar
y le preguntó si quería compartir lo que llevaba. Creyendo
aquel joven que iba a compartir su comida con Jesús se
llenó de alegría y ..le entregó todo...Pero Jesús tomó los
panes y los pescados, mandó a sus apóstoles que dijeran a la
gente que se sentara en grupitos, levantó los ojos al cielo
y con las manos extendidas sobre panes y pescados permaneció
en silencio (oraba al Padre Eterno) El muchacho notó que los
canastos estaban llenos hasta el borde de panes y pescados.
Vio con admiración que los apóstoles sacaban y sacaban...
los canastos estaban igual. ¡ Jesús había alimentado a más
de cinco mil personas. (Jn. 6,1-15)
(Continuará)