Nuestras reuniones dominicales a tres mil
años de distancia ya son muy distintas. Aquellos cristianos
vivían con emoción la vida de Jesús, Dios y hombre,
transmitida por los apóstoles testigos oculares. Aquellos
cristianos vivían con amor ese misterio porque sentían la
existencia de ese pueblo único en la historia donde nació
Cristo y sentían a Cristo predicado por los apóstoles. Esa
realidad la palpaban y la vivían. Nosotros, en cambio, no
vivimos esa realidad; pero creemos en ella y tenemos la
certeza de que Jesús está con nosotros recordando la ULTIMA
CENA. ..”Esto es MI CUERPO, decía; esta es MI SANGRE, HACED
ESTO EN MI MEMORIA”.
Nuestras reuniones dominicales, pues, tienen
como centro esta presencia de Cristo en la CONSAGRACION.
Presencia real que ha mantenido unida a toda la Iglesia
durante siglos, unida a ese Cristo resucitado y presente
entre nosotros. (Continuará)